Así volvió a encenderse el horno de pan comunal en la aldea gallega de Pidre
En Pidre, una aldea de la comarca de A Limia, en Ourense, viven algo menos de 30 personas. Hay una capilla, dedicada a Santa María Magdalena, aunque los santos que se veneran en el pueblo son San Breixo y Santa Bárbara, a quienes los vecinos consideran su patrona. Hay varias fuentes —bautizadas popularmente con nombres como Fonte do Tío Florentino, da Tía Severina o da Tía Juana—, donde antiguamente bebía el ganado o se recogía agua para las casas; una de ellas, la Fonte do Cano, preside la plaza junto al lavadero, ubicado unos pasos más abajo. Hay una escuela, que estuvo en funcionamiento entre los años 50 y 70 y que hoy hace las veces de local social y de pequeño museo, albergando una colección de fotografías donadas por los vecinos. Y como no tienen cementerio, hay también una “carreira dos defuntos”, es decir, un camino en el monte por el que, en su día, se llevaban a hombros los ataúdes hasta el pueblo de Solveira, situado a poco más de dos kilómetros. Pidre es, además, el lugar donde nació y creció mi familia materna, y donde todavía vive buena parte de ella.
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