La victoria del malismo

Estaba disfrutando una cena de verano con amigos cuando alguien introdujo en la conversación la crisis de Ceuta. Inmediatamente surgió una tensión, hasta entonces inexistente en el grupo, y una pareja —ella hondureña, él argentino, asentados desde hace años en nuestro país— se apresuró a exclamar: “¡Hay que echarlos a todos! ¡Que no quede ninguno!” Los miramos estupefactos. Representaban, de un modo fehaciente y doloroso, el espíritu de “detrás de mí, cierren la puerta”.
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